EL PROTOCOLO DEL FUTURO

20 Ene EL PROTOCOLO DEL FUTURO

 

La comunicación y estrategia

El protocolo tiene hoy muchas caras, Según sea el sector significara cosas diferentes para quien usa el término. Así, para la mayoría de la sociedad –el pueblo en general-, son las formas, la estética de nuestra actuación en público, las normas no escritas de comportarse, de mostrarse ante los demás con educación. Como obviamente vivimos en un mundo de prisas, de rupturas con el pasado, de un mal entendido liberalismo en las estructuras, el protocolo tiene, pues, un significado peyorativo, por cuanto que se vincula a una manera de actuar que no se corresponde con la forma de ser de cada persona. Por lo tanto, incomoda.

La sociedad, en cambio, acepta que tiene que haber un protocolo y una etiqueta, y lo hace como mal menor. Sabe que para tener éxito en sus relaciones publicas y profesionales ha de recurrir a determinadas normas y pautas de conducta para no producir rechazo en sus semejantes o que estos puedan extraer una imagen inadecuada que trunque sus intereses. Pero cuando se despoja de su ataviaje público, también se desprende de ese mal entendido protocolo.

Los sociólogos y antropólogos se ocupan mucho de estudiar el protocolo en su faceta de saber estar, comportamiento humano, ritos y costumbres y hablan de la importancia de esas reglas de actuación como un factor esencial para la convivencia de los humanos. Registran las evoluciones, los nuevos hábitos y costumbres, pero se quedan en esa variante social.

Por su parte, los medios de comunicación navegan en la doble definición: protocolo como saber estar y protocolo como aquellas formas o ceremoniales que rodean a los grandes actos en los que participan relevantes autoridades. “El rígido protocolo desarrollado durante la visita de Estado de……” suele ser una frase muy habitual incluida en las crónicas periodísticas. O, por el contrario, el “protocolo prohíbe mojar pan en la salsa”, como uno de los titulares que hacía gala un diario no hace muchas fechas.

Para mayor dificultad, nos encontramos además con el uso del término protocolo por parte de los políticos para definir un programa de actuaciones a seguir ante cualquier situación o crisis. Durante el mes de junio de 2005, en un seguimiento de 50 diarios españoles realizado por varios alumnos de la Escuela Internacional de Protocolo, aparecía en 513 ocasiones el vocablo protocolo, pero salvo en dos su significado nada tenía que ver con el sentido profesional de la organización de actos. Y en las dos que sí, mejor que no hubiera aparecido.

En las empresas, recientemente, en un encuentro de empresarios con profesionales de protocolo, varios altos ejecutivos comenzaban la jornada afirmando que su empresa no precisaba de protocolo, que lo suyo era el marketing y la venta. Pero terminaban la misma jornada con una frase rotunda: “Eso sí lo necesito yo”, cuando te referías a los aspectos de protocolo que pueden contribuir decididamente a la imagen de una entidad, a aumentar su cuenta de resultados y a dotar de sus estructuras empresariales de determinadas técnicas de protocolo.

En las instituciones públicas, éste como tal esta algo mejor asumido, aunque sigue pesando sobremanera la importancia del mismo como “un tema necesario para poner a cada autoridad en un sitio y rodear de la estética adecuada el evento que se celebra”. Lejos están aún las instituciones públicas en su conjunto de comprender que puede aportar mucho más que evitar conflictos por los puestos, por el orden o por las banderas.

En el mundo del deporte en general (con la siempre lógicas excepciones), el protocolo se reduce a la atención de vips. Personalmente, me he encontrado en muchas ocasiones con responsables de protocolo de un evento deportivo que ignoraban la existencia de normativas relacionadas con las precedencias de autoridades. ¿ Y en cuantas competiciones hemos visto ondeando las banderas de los países o regiones con un criterio aleatorio muy sospechoso del grado de desconocimiento existente en la materia? En este sector, el protocolo se reduce a necesidades: tener un palco, ofrecer unos asientos, disponer banderas, interpretar himnos, entregar medallas, encargar catering… ¿Cómo se resuelve? Cada uno como puede, con mejor o peor criterio, pero normalmente de forma desacertada.

En los ámbitos universitarios y religioso es sencillamente el orden y el rigor, de acuerdo a las costumbres y tradiciones, pero lejos aún de ese sentido de futuro que tiene la organización de eventos. Las formas del ceremonial imperan más que el sentido del mensaje, de lo que se quiere transmitir. El propio ceremonial se convierte en un destructor del significado de las cosas, porque la mimetización de las cosas, porque la mimetización de las formas termina por abrir una gran brecha entre los promotores de un acto y sus invitados y el público en general.

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